22 de noviembre de 2010



Todos están sumidos en su sueño, dentro de sus burbujas; yo los miro desde afuera.
De lo que no soy consciente es de que yo misma estoy atrapada en una burbuja mayor, que engloba a todas las demás. Ahora poco a poco empiezo a ver las paredes... no tardaré en romperla.

Y la gente que ya ha salido mira desde afuera, y me ve durmiendo, tal y como veo yo a los que están encerrados en burbujas más pequeñas.
En eso consiste el mundo: romper una mentira tras otra hasta que no queden burbujas que nos encierren.

28 de octubre de 2010

Hey, ho.

Me gusta la forma de saludar que tiene él. Me gusta la forma en que, con gesto despreocupado, se lleva la mano de forma perpendicular a la frente como en un saludo militar, y luego hace un vago gesto hacia tí con ella haciéndote partícipe de la broma.
Me gusta la forma en que, con un simple ademán, puede estar diciendo 'a sus órdenes', mientras sabe que yo sé que él luego hará lo que le salga de las pelotas. Es nuestro pequeño juego.
Un gesto puede decir muchas cosas, si sabes leer entre líneas. Debería aprender de él.

25 de octubre de 2010

Game Over.




¿Y qué es la vida sino una lucha constante?


Nadie nace aprendido, y si queremos llegar a ser lo que deseamos nos espera un largo camino de autosuperación y sufrimiento. Los senderos fáciles nunca condujeron a lugares que valieran la pena.
Porque, el día en que caigas y decidas no levantarte, será el game over. Nadie podrá sacarte de tu error si tú no quieres salir. Será como una jaula sin barrotes.

Y en el cruce donde todas las rutas confluyen será el único lugar donde volvemos a encontrarnos. Pues los únicos que podemos vivir nuestra vida somos nosotros, y los demás deberán velar por su propia seguridad al tiempo que te entregan su amor. Y no cuentes con encontrar una persona que se amolde a tí como si fuera la mitad que te falta. Hace falta suerte para que la encuentres, pero ella pensará en tí donde quiera que esté, al igual que tú pensarás en ella. Y os alimentaréis ambos de un amor idealizado.

Vive, muere, ama, lucha, levántate... pero por tu alma en ello. Éso es la esencia de la vida.




¿Que cómo me sinto? Unha mezcolanza de morriña e saudade é o que teño.

10 de octubre de 2010

Bad Reputation.



Me importa una mierda mi mala reputación.
Mientras tú vives en el pasado, yo he alcanzado la siguiente generación. Nunca dije que quisiera dar buena imagen, y no estoy aquí para entretener a nadie. Nunca he estado asustada de ninguna desviación. En realidad no me importa si piensas que soy extraña; es recíproco. Ni voy a cambiar, ni me va a afectar tu opinión.
El mundo tiene problemas, no hay comunicación. Y todos podemos decir lo que queremos, la situación nunca va a mejor. Yo nos os voy a sacar las castañas del asador; así que, ¿por qué debería importarme mi mala reputación?

Bad Reputation, by Joan Jett.

29 de septiembre de 2010

Caos.



Soy recuerdo y soy olvido. Soy romanticismo y raciocinio. Soy bondad y maldad. Soy inocencia e ingenio. Soy letargo y soy relámpago. Soy lo que quise ser y lo que odié. Soy el cómo y el por qué. Soy una canción mal cantada. Soy el perro y el gato. Soy un cortocircuíto.
Soy todo... y soy nada. Soy pura contradicción. Soy un ciclo en sí mismo. Soy caos, soy puro desorden. Hago lo que quiero. Estoy hecha un lío. ¿Estoy metida en un buen lío?

El caos siempre derrota al orden porque está mejor organizado. Y esto es sólo el comienzo.
Que Dios bendiga este desorden <3.

8 de septiembre de 2010

Caminante, no hay camino...

- ¡Aaaaachíiiiiis!
Y esta vez iba jodidamente en serio.

En medio de la estación de tren, con una mochila consistente en la espalda, y un trolley con otros efectos personales; en medio de la estación de tren, tras haber venido desde la tierra de las lluvias y el frío; en medio de la estación de tren, dispuesta a pasar mis mejores navidades… había pillado el primer resfriado de toda mi vida.
Enrollé alrededor de mi cuello los cincuenta centímetros de bufanda que restaban, y me puse en marcha. Tras recibir unos cuantos empujones al incorporarme a la marea humana que salía del recinto, pude alcanzar la entrada principal para mirar el horario de autobuses y ver cuál era el que se dirigía hacia Aravaca.
Se me iba a hacer muy extraño meterme en la casa de Aga de buenas a primeras. Reformulo: se me iba a hacer muy extraño ver a Aga y al resto de la tropa. Seguramente casi tanto como me había resultado ver a Elle hacía dos años.
Sonreí para mí misma, expulsando una nubecilla de vaho. Era un buen recuerdo.


Al fin localicé el bus que me interesaba, solo para comprobar que el último de esa línea había pasado hacía cinco minutos. De puta madre. Y aún por encima, ya llegaba cinco minutos tarde. Y yo odiaba llegar tarde.
Con resignación, salí al exterior y me coloqué en el bordillo de la acera. Como había más gente esperando un medio de transporte, tuve que abrirme paso a codazos hasta encontrar el lugar óptimo. Me dispuse a esperar; sin embargo, en ese momento vi a mi presa y grité:
- ¡Taxi! -el vehículo frenó derrapando ligeramente sobre el frío asfalto. Antes de que me pudieran robar el conductor, me colé como las balas, lanzando el trolley y encestando de milagro. Imaginándome la cara de desconcierto que debía de llevar el taxista, aunque no me paré a mirarle siquiera, obvié los buenos modales para decirle- A Aravaca . Y rapidito, si quieres propina.
Y en ese momento, desconecté. Acababa de acordarme de lo poco que me gustaba Madrid.




Ahora sí que estaba de mal humor, y mi mente iba a mil por hora. Eso no era bueno, ni una cosa ni la otra. La combinación de elementos desagradables había formado un cóctel molotov peligroso en mi subconsciente. Y el taxista había sido el primero en cobrarse los efectos.
Para simplificar, usaríamos las matemáticas: frío + línea de autobuses OFF + luces navideñas + multitud alegre = malhumor de Uxía. Así de simple.

A pesar de no oír nada a través de los cristales del taxi, sí que podía ver. Y nada era capaz de escaparse de mi vista. La navidad de Madrid era sumamente apastelada para mí.
Obviando detalles obvios, valga la redundancia, como decoraciones navideñas estrafalarias, gente muerta de frío y olor a turrón en cada esquina, la escena contenía otros matices que podían pasar desapercibidos por el simple hecho de ser el pan nuestro de cada día en esas fechas. Niños corriendo por la acera y sujetando un juguete nuevo con gesto de felicidad. Los padres yendo detrás, angustiados por el miedo a que sus hijos se lastimaran, o bien felices por la felicidad que estos derrochaban. Pandillas de amigos que se reunían para tomar un chocolate caliente. Parejas de ancianitos que se sentaban en un banco disfrutando de las luces de Navidad. Paparruchas empalagosas. ¿Dónde está el fantasma de las Navidades pasadas cuando lo necesitas?
Porque todo tiene su porqué. Las Navidades solo habían sido épocas felices para mí en mis primeros años, cuando era fácil contentarme con un videojuego de Spyro o Crash Bandicoot. Solíamos pasar la Nochebuena en familia, cuando aún me reunía con mis tíos, abuelos y demás parientes. Recordaba el caldo caliente que la abuela me daba en Nochebuena, porque yo por aquellas no soportaba el marisco. Recordaba a mis primas intentando distraerme cuando me quedaba sin cosas que hacer; esta tarea era un suplicio, pues en ese estado lo que yo solía hacer era revolverlo todo, y ellas debían colocarlo de nuevo. Recordaba a mi padre tocando las conchas sólo como él sabía, para animar la fiesta después de medianoche. Y, cómo no, recordaba a mi abuelo. El que me cogía en el regazo para contarme historias sobre la Navidad que no salían en la tele. Fue él el que me contó por primera vez 'El cuento de Navidad' de Dickens.
Después de aquellos años todo había ido en declive; y ese declive empezó, más o menos, con la muerte de mi abuelo. Nada de cenas en familia, nada de ver a mis primos, nada de música con las conchas. Hasta desembocar en las 'maravillosas' navidades del último año.
Al volver a mirar por la ventanilla, la primera visión que me asaltó fue la de un padre alzando a una niña en brazos. Curiosamente, esta llevaba un dragón de peluche en brazos. Su madre observaba a una distancia prudencial, con una sonrisa en los labios.

"Vamos a darnos un tiempo... es lo mejor."

Una fina lágrima resbaló por mi mejilla. Solo entonces me di cuenta de que estaba sollozando. Después del subidón siempre había un bajón después.
- ¿Quieres un pañuelo?
Me sorprendí. Hasta ahora el conductor no había dicho nada. Aunque supongo que, por cortesía, se había dirigido a mí al verme en ese estado. Que yo no tuviera de eso no significaba que los demás tampoco.
Dirigí mi mirada hacia el interior del taxi: el conductor, sin levantar los ojos de la carretera, o, para observarme, del retrovisor, me había extendido un pañuelo de tela con la mano que tenía libre. Con desconfianza, lo cogí y me soné los mocos.
- Gracias. -musité, aunque sonó como un sollozo ahogado. El conductor me sonrió.
Y entonces me fijé en una cosa. La imagen que me devolvía el retrovisor, era la de mi abuelo. Las facciones del taxista eran iguales a las suyas.
Recordaba sus ojos siempre pacíficos, las mejillas hundidas, su cara redonda que le daba un aire apacible. Una sonrisa que me tranquilizaba, las mismas manos robustas que me cogían cuando me hacía daño... lo único que había cambiado era que, en vez de boina, llevaba la gorra de taxista. Había oído aquello de que teníamos dobles perdidos en alguna parte del mundo, pero aquello se llevaba la palma…
- ¿Qué ocurre, chica? Parece que hayas visto un fantasma.
No dije nada. Aún no podía.

Nos mantuvimos un rato más en silencio. Yo apretaba el pañuelo contra mis rodillas, y me sentía más incómoda que antes, si eso era posible. Tenía la vista fija en el espejo retrovisor, en la cara del taxista. A pesar de que había parado de sollozar, las lágrimas aún caían por mis mejillas, lenta pero incansablemente, y me empapaban la bufanda.
"Cierra el grifo, idiota. Recuerda que no te gusta que te vean llorar."
- ¿Cuáles son las razones que impulsan a llorar a una chica tan bonita? -dijo de repente aquella aparición. Me removí en el asiento. A pesar de mi desconfianza, solté lo primero que me dictó el corazón. Una frase muy profunda.
- ¿A tí qué te importa?
No pareció molestarse. Más bien al contrario: una sonrisa se había dibujado en sus labios. Eso me molestó: ¿encontraba diversión en mi desgracia? Si así fuera, prefería el frío invernal y lágrimas congeladas a seguir soportando aquella incertidumbre.
- Pareces muy madura para una chica de tu edad. ¿Cuántos años tienes?
- Dieciséis.
- ¿Tan joven? Estas en la edad de hacer locuras, no de lamentarte en un valle de lágrimas. -dijo él, echándome una mirada rápida y volviendo a atender a la carretera.
Suspiré, dirigiendo mi vista otra vez hacia la ventana. ¿Cómo hacerle callar? El llanto había cesado por el momento, aunque quizás, debido a mi masoquismo, volví a mirar las entrañables escenas sacadas de los anuncios de lotería o turrón que se regalaban ante mis ojos.
- Tengo perfectamente asumido que me he saltado una parte de mi vida para aterrizar sin paracaídas en la siguiente. -dije, acercándome al tono peligroso que antes había empleado.- Me es imposible ser feliz en mis circunstancias.
- ¿Tan grave es? -dijo de forma casual, como quien no quiere la cosa. Aquello me molestó en grado sumo.
- Usted juzgará si hallarse sola ante las dificultades, ser una cobarde, no creer en nada y ser una egoísta son buenos motivos. -luego moví ligeramente la cabeza, para librarme del embotamiento.- Pero qué sabrá usted... apenas si acaba de verme por primera vez.
Ni yo misma me creí esas palabras. No con mi abuelo mirándome desde el asiento de adelante. La sonrisa de él se hizo más ancha, y acabó desembocando en una carcajada. Se acabó.
- Pare aquí: me quiero bajar, dígame cuánto le debo. -dije con rabia contenida.
"Contrólate, idiota. Guarda la poca dignidad que te queda."
Para mi sorpresa, él accedió a mis deseos y paró en la acera más próxima. Reconocí el lugar: estábamos frente al parque del Retiro, en el centro de Madrid. Vacilé.
Ahora que él ya no tenía que atender a la carretera, se dió completamente la vuelta para mirarme con ojos amigables. Me estaba enfrentando a la viva imágen de mi difunto abuelo materno.
- Yo no creo que seas cobarde. Si así fuera, no me estarías mirando a los ojos ahora mismo. -dijo con lentitud; seguramente, para que asimilara las palabras.- Y si fueras egoísta, te irías sin pagar por el mal servicio recibido. Lo estipulan nuestras normas.
En cuanto oí esas palabras, desvié la vista. ¿Por qué me sentía así? ¿Por qué me turbaba tanto? Me desmoroné.
- Sí lo soy. Tengo miedo de todo: de mí, de usted, de todo y de nada. De la compañía y de la soledad. -volví a mirarle.- No sé qué es lo que quiero, ni quién soy. -tomé aliento.- He buscado la respuesta en mil sitios, pero solo ha servido para sentirme más confusa.
- Joven, eso es algo que tienes que descubrir por tí misma. No encontrarás el sentido de la vida en las páginas del libro de historia. -dijo él, esta vez seriamente.
- Pero es que nada se ajusta a mí. No hay ningún valor predefinido que se me pueda aplicar.
Sobrevino el silencio. La respuesta me desconcertó.
- Pero pequeña, no existe ningún camino. El camino se hace al caminar. Puedes seguir la senda que otros han andado, pues es la más visible. O eso, o trazas tu propio camino; pero eso es de valientes.
Una frase me vino a la memoria en ese momento.
- Los cuervos vuelan en bandadas...
- ...y las águilas en solitario. -terminó él.

Me sentí extraña: estaba teniendo una conversa existencial con un taxista, que era la viva imagen de mi familiar en medio de una ciudad hostil. ¿Me habría afectado el humo del porro del que iba detrás mía en el tren?
- Vete con tus amigos. Creo que llevas retraso. -dijo él.
Solo entonces miré la hora. Ostia... ¡joder! ¡Y tanto que llegaba tarde!
Como una bala, abrí la puerta del taxi y salí corriendo... solo para darme cuenta de que me había dejado la maleta y al taxista sin cobrar lo que le debía. Volví corriendo hacia atrás y cogí el trolley, sacándolo fuera del coche. Luego saqué atropelladamente la cartera y cogí el primer billete que vi, esperando que fuera suficiente.
- Quédese con el cambio.- Él tomó el dinero con suavidad, sin mucho interés.
- Que tengas buen viaje hasta tu destino. -me dijo, mientras yo sacaba lo que quedaba de mi cuerpo del taxi.
- Gracias. Que te sea ameno el trabajo. -dije, ya pensando en otra cosa. Quería irme de allí cuanto antes.
- Saludaré a la abuela de tu parte.


- Espera. ¿Qué?
En cuanto me di la vuelta, el taxi no estaba. Y no lo había oído arrancar.

En un principio no hice nada, no dije nada, no pensé nada. Al cabo de treinta segundos, me reí ligeramente. No sabía si era nerviosismo, sorpresa o alivio pero... aquello no había estado mal.
El fantasma de las Navidades pasadas había acudido a mi llamada.

Inspiré e hice una de las cosas que mejor sabía hacer: correr, a través del parque del retiro, levantando una nube de hojarasca a mi alrededor. Al llegar al medio del parque, me paré en una estatua que me era familiar. Siempre había tenido curiosidad por conocerla, y esta era la primera ocasión que se me presentaba: la estatua de Lucifer, la única que existía en el mundo.
Recordaba la primera vez que la había visto, colgada en la red como dato de interés. La estatua representaba la caída de Lucifer, cuando Dios le expulsó de su reino. A pesar de lo violento de su significado, era hermosa; Lucifer había sido un ángel, ¿verdad? Me resultaba extraño encontrarme con eso en medio de un parque alumbrado con lucecitas de colores que anunciaban la época del nacimiento del niño Jesús. Cambiachaquetas que es la raza humana.
En un principio me había dado miedo, ahora sentía algo distinto. Había cambiado mucho desde que supe por primera vez de aquella escultura. ¿Mucho? Quizás demasiado. No sin motivo, era en otra vida una súcubo malcriada que buscaba dominar toda la creación. Por un impulso insondable, levanté la mano y le dediqué un saludo sencillo a la estatua. Como diciendo "estoy aquí. Y pienso enfrentarme a mis demonios."

Dedicándole una última mirada, me di la vuelta y seguí corriendo a través del parque. Por si lo habíais olvidado, aún llegaba tarde.




"El número seis. Este es."
Y aquí estoy, sola ante lo desconocido. Aunque, en unos segundos, seguro que ya no. Me flanquearán cuatro buenos amigos.
Con decisión, pulso el timbre. Espero a que me abran la puerta, pasando el peso de una pierna a otra. Nervios, nervios, nervios… ¡abrid la puerta de una vez, joder! ¡Sé que estáis ahí!
Y justo cuando alguien asoma…
-A… a… ¡aaaaachíiiiiiiis!

Sí. Estornudo en toda la cara.

29 de julio de 2010

Vivir entre flashes



Foto hecha por ~wowglamursheena.

Mi abuela siempre decía que no todas las personas que dicen estar felices se sienten así. Decía que por muy contenta que una persona semejara estar, nunca podías saber como se sentía de verdad, en el fondo de su alma; que había cosas que nadie podía saber con certeza, secretos que solo esa persona sabía. Esas palabras nunca tuvieron un sentido estricto para mí hasta que la conocí a ella.


Entró en mi vida aquel verano como un tornado: revolvía la vida de los demás, y la suya propia, hasta hacerlas un caos. En aquel desorden generado era fácil convencerles de que deseaban lo mismo que ella. No era excesivamente alta, si bien solventaba ese fallo llevando algo de cuña en sus zapatos. Su pelo era largo, de color castaño oscuro, y sus ojos suspicaces eran grandes y de color miel. Sus facciones eran afiladas, hirientes, y si bien no tenía un cuerpo bien proporcionado, la delgadez de la que hacía gala y el maquillaje que la transformaba podían minimizar los pequeños defectos. Sabía de buena música y preparaba una mousse de limón exquisita.
Para lo demás, era una nulidad. Como persona, no tenía peso alguno.

A simple vista, no era una chica fuera de lo común. Le gustaba lo mismo que al resto: ropas, fiesta y tíos, aunque no necesariamente por ese orden. La cantidad de dinero que llevaba siempre en el bolsillo bastaba para poner verde de envidia a todos los de su círculo. Como propósito de enmienda, ella era quien decidía a qué tiendas ir y a cuáles no, para orientar a sus acólitas en el extraño mundo que es la moda. Gastaba su dinero en todo tipo de prendas, siempre que no fueran demasiado extravagantes. Siempre le quedaba dinero cuando a sus compañeras les habían cerrado el grifo, y cuando este se acababa y las demás pensaban que podían tomarse un respiro, ella solía decir que con su madre podría comprarse la tienda entera si lo deseaba. Indudablemente, volvía a marcarse otro tanto, muy a pesar de ellas.
A la hora de sacar fotos, ella se las arreglaba siempre para aparecer en primer plano. Sabía qué perfil era el bueno, qué posturas no debía adoptar bajo ningún concepto para no parecer grotesca y qué luz era la adecuada para sacar todo el partido a su semblante. Había practicado horas y horas frente al espejo para conseguir lo que ellas llamaban un don. En el fondo, ella pensaba que nadie era fotogénica de nacimiento, pero era algo que nunca confesaría: un mago nunca revela sus trucos al público, pues así desaparece la magia.
Secretamente, le gustaba cerrar los ojos en ese breve momento, tras haberse disparado el flash y antes de que la luz desapareciera del todo, pues tenía los microsegundos cronometrados de tal manera que en la foto saliera con los ojos entrecerrados, lo que le daba un aire ausente y misterioso que, al menos ella creía, despertaba el interés de los hombres. En ese breve breve intervalo, soñaba que esos flashes no pertenecían a muñequitas adolescentes, sino a verdaderos reporteros que la fotografiaban embutida en un precioso vestido de Channel. En ese instante casi podía sentir el suave terciopelo rojo bajo sus zapatos, que asemejaban ser tacones de Versace, y podía sentir el aullido de los fans que gritaban su nombre y rogaban un autógrafo, un gesto, una mirada... que solo les perteneciera a ellos. Sin embargo, ella sabía que quien la llamaba no era otra que aquella persona que había sacado la foto, y la obligaba a abandonar ese mundo ideal que ella misma se había creado. En ese momento, entreabría los ojos con deleite y soltaba la consabida frase: "lo siento, me he dejado llevar."

En lo que a fiesta se refería, nadie salía más noches que ella, y nadie hasta más tarde. El hecho de que sus padres nunca estuvieran en casa era un punto a su favor como no lo había sido en su infancia.
Sabía lo que tenía que hacer: bailar como una go-gó, beber hasta perder el sentido y agenciarse al más bueno que estuviera en el local. Componentes perfectos para que la envidia superara niveles extremos, al igual que el respeto. Ella adoraba sentirse admirada. Las correrías nocturnas eran lo que más se parecía a las elegantes fiestas y galas a las que acudía en sus sueños, en las cuáles se sumergía en flashes y brillos de joyas diversas.
Con los hombres, era un viuda negra: ella elegía, tomaba lo que deseaba y después cortaba. Después de eso, tenía otro nombre que añadir a la lista, que procuraba hacer más larga a cada fin de semana que pasaba. Más de una vez incluso llevó varias relaciones al mismo tiempo, pero fue cuidadosa de no dejar rastro de tales actividades. Si a alguna conocida le gustaba un chico en concreto, ella no perdía el tiempo en agenciárselo. Aunque estuviera repe. El caso era demostrar quién mandaba.

Así, poco a poco, se construyó el mundo que ella deseaba con lo que tenía a mano. Su filosofía era clara: solo siendo una sinverguenza se consigue audiencia. Y, desde luego, sus tácticas dieron resultado.




Como le ocurre a todas las divas adolescentes, su edad dorada transcurrió entre los catorce y los diecisiete años, aproximadamente. La edad perfecta para hacer locuras, pues tienes a tus viejos para pagar todos los gastos adicionales que eso conlleve. Girando en un torbellino de emociones, noviazgos breves y perrerías de todo tipo, podría haber dicho que su vida era perfecta. Pero el Carpe Diem no le salió tan bien como esperaba.
Una vez terminada su etapa escolar, que nunca fue completada del todo con éxito, aprendió lo que significaba ganarse el dinero con el sudor de su propia frente. Sus padres, hartos de sus caprichos, no quisieron darle un solo céntimo para seguir viviendo en la inopia como hasta el momento. La misma madre que le habría comprado la tienda entera de H&M en el pasado, le había 'recomendado' independizarse, para así subjetivamente irse a vivir con su nuevo novio. El padre que la había sobreprotegido de pequeña se marchó a vivir a otra ciudad con su secretaria, quien al parecer llevaba haciendo más que labores de papeleo para él desde hacía más de diez años.
Su vida se torció sin remedio. Sin embargo, ella no quiso renunciar a sus sueños de adolescente, y siguió acudiendo a las mismas fiestas y frecuentando la misma gente. Pero algo había cambiado: las mismas niñas de las que en el pasado se había reído, ahora estaban estudiando en la universidad, y hablaban de tales temas de los que ella culturalmente se quedaba corta. Los mismos chicos a los que en el pasado había conseguido tirarse buscaban ahora algo más que un pendón, y la gente que había visto su declive no hacía más que compadecerla o, en un grado más maligno, burlarse de ella. Y sólo entonces atisbó la verdad que se había ocultado tras sus años dorados: nunca la habían respetado... del mismo modo en que ella nunca había apreciado sinceramente a alguien.
Se convirtió en una adolescente frustrada que se negaba a crecer. Si hubiera existido un Peter Pan adolescente, ella sería una de los niños 'bala-perdida'. Pero ahora ni las esperanzas de futuro ni los cuentos de hadas podían sacarla de aquel abismo en el que ella misma se había hundido.


Pasaron los años, y su cuerpo se resintió de todo lo que había hecho en el pasado. Su cintura de avispa y su abdomen se metamorfosearon en realidades fofas que ella no pudo esconder por mucho que quiso. Internamente pensaba que esa pérdida de figura solo conllevaría no encontrar un marido al que pudiera servir, a cambio de que así ella no tuviera que trabajar. El hecho de tener hijos asimismo la horrorizaba, pues sabía que figura conservaban las mujeres tras un embarazo. La tristeza y la desesperación la invadió, y dejó de comer para solventar el problema. La falta de sueño y de fuerzas hicieron que rompiera objetos de los hogares o establecimientos en los que había encontrado un trabajo, y los despidos llegaron uno detrás de otro. El tiempo que solía durar en un trabajo tenía un promedio de una semana; más o menos, la media de tiempo que solía durar con sus amantes en la adolescencia. Pero ahora la que recibía calabazas era ella.
Su dañada salud la hizo internar varias veces en hospitales, en estado de desnutrición crítica. Tuvo varias experiencias entre la vida y la muerte, aunque el hecho de no ver ninguna luz al final de la oscuridad, tanto en la vida como en la muerte, no hizo sino frustrarla todavía más. En momentos como ese, llegaba a vislumbrar la verdad oculta tras el escenario: le habían vendido un estilo de vida y unas esperanzas que la habían demacrado, y la habían desviado de lo que de verdad importaba. Y ahora que ya era mayor y estaba cansada, no servía de nada arrepentirse. Su vida perdió todo sentido cuando el último fuego de la adolescencia se extinguió en ella.



Tras largos años, no volví a tener noticias de ella hasta que me enteré de su fallecimiento a los cuarenta y cinco años. La muerte natural quedaba obviamente descartada, y a pesar de que las autoridades echaron tierra al asunto, yo ya tenía un esquema mental formado sobre lo que debía haber acontecido.
Supuse que aquella chica, a la que finalmente se le habían roto las ilusiones, había sido lo bastante valiente, o lo bastante insensata, para haber puesto fin a su propia vida en aquel punto en el que no le quedaba nada más por lo que vivir. El medio por el que eso había sido llevado a cabo era irrelevante, aunque yo secretamente me la imaginaba sujetando un cutter de esos que le había prestado para hacer manualidades en secundaria. Su familia, no dispuesta a dar gala de un escándalo, se había encargado de encubrir una experiencia tan turbia, alegando que un ataque al corazón había sido el desencadenante. Imaginaba que habrían tenido bondad suficiente como para llorar todas las lágrimas nunca vertidas por ella en el entierro, pero era algo de la que nunca estaría del todo segura. Después del shock inicial, el mundo se había olvidado de ella tan rápidamente como en su momento había irrumpido en la vida de todos.



Y en medio de aquella tragicomedia, estaba yo. ¿Qué era lo que sentía? ¿Qué me inspiraba la historia de aquella chica que había pasado por mi vida tan rápido como uno de los flashes del mundo en que vivía? Debí de ser una de las pocas personas a las que esta historia les inspiró verdadera pena.

Pena, porque sabía que en el fondo ella nunca había sido feliz, sino que su mente se había autosugestionado a que así fuera. Porque sabía que ella, tras una infancia en la que sus padres la evocaban al materialismo para no tener que cuidar de ella, finalmente esa chica había volcado el mismo materialismo en las personas de su alrededor. Porque me preguntaba si ella, de haber vivido en otro lugar, crecido en una familia distinta, habría sido una persona vivaz, hasta cierto punto inteligente, o si habría conseguido algún mérito que la hubiera llevado a dejar una huella en este mundo sin necesidad de recurrir a la efímera fama.
Atormentada por estas divagaciones, sabía que sólo había una verdad: ella ya no existía, y el mundo no la recordaría.
Otra Mary Sue al hoyo. Otra Grace Kelly caída de su balcón.



Mi abuela siempre decía, que aunque vivas el presente, también debes asegurarte un futuro.
Oh, abuela, nunca habría imaginado que lo de hacer caso a tus mayores serviría para algo.

19 de marzo de 2010

Fotogénica.


Nunca he sido fotogénica. Cuando me sacaban una foto, era normal que yo esbozara un amago de sonrisa que no se correspondía con lo que quería transmitir. Cuando vi que eso no funcionaba, probé otras cosas: hinchar los mofletes, hasta que me di cuenta de que no compensaba la flacidez posterior en mis mejillas; sacar la lengua, pero me di cuenta de que no pegaba conmigo; poner cara interesante, hasta que me di cuenta de que no era interesante en absoluto.
¿Mi secreto? Ahora, salgo seria cuando tengo que salir, y sonrío cuando estoy feliz.
Nunca se me ha dado bien fingir, soy así.

6 de febrero de 2010

Esos preciosos años.



Estás en la edad de las locuras, no de las depresiones. Aún no. Tocan las uñas de colores, y los secretos que sólo tus íntimos amigos saben.
Estás en la edad de ser tú mismo, no del 'qué dirán'. Aún no. Tocan las noches en vela esperando la llamada de alguien, y la alegría del sonido del teléfono o la tristeza del silencio de tu habitación.
Estás en la edad del pavo, no de hacer el ganso. Aún no. Tocan las fotos olvidadas, y la alegría de volverlas a encontrar en una carpeta del Explorer.
Y esa canción que suena de fondo, te trae recuerdos. Ya sean tristes o felices.

29 de enero de 2010

Adiós, Alicia.



Abrí el libro de dibujos que encontré en el desván, escondiéndome bajo las sábanas. Recordando viejos tiempos.
Papá y mamá no se enterarán, al igual que tampoco lo hicieron anoche cuando volví borracha de la fiesta de Adriana.

El sueño que soñaba en mis sueños, el País de las Maravillas.
Su voz me llama de nuevo, invitándome a vivir una aventura a medianoche. Escribiré una nueva historia antes de que amanezca.

Hola, Conejo Blanco. ¿Sigue funcionando bien tu reloj? Hacía mucho que no te veía, y este lugar se ha vuelto monótono.
Llévame a la siguiente página, a ver si encuentro algo que hacer. ¡Animemos el cotarro de este País!

En mi infancia nunca me había dado cuenta de lo aburridos que son por aquí.
Volví a ver mis amigos, el sombrerero y la liebre de marzo, que me invitaron a tomar el té. ¡Teníamos que celebrar los no-cumpleaños atrasados!
Cuando les dije que prefería un poco de vodka con lima, me miraron con una expresión que no comprendí, pero me dieron lo que pedía.
A la sexta copa, me dijeron que no me servirían más alcohol. Les dije que se enrrollaran un poco, que le vida eran dos días. Ellos me respondieron que no era cuestión de divertirse, sino de salud.
Al recordarme aquello a las charlas tan frecuentes que tenía con mis viejos, me cabreé y les dije que había crecido, y que prefería divertirme a que me dieran tazas de leche caliente por las noches, como cuando tenía cuatro años y no podía dormir.

Después de un tenso silencio, dijeron que no celebrarían mi no-cumpleaños nunca más. Pasé de rayarme la cabeza y me marché.

Vi a la oruga sabia, ya convertida en mariposa, haciendo letras de humo con su pipa de fumar.
Cuando le dije que si quería que liáramos unos porros, ahora que conocía el oficio, me miró como si estuviera bromeando. Al no notar un cambio en mi semblante, preguntó: ¿quién eres tú?.

Sin darme tiempo a responder, alzó el vuelo. En ese momento no supe que nunca más vería sus alas irisadas.

También la Reina de corazones tuvo su parte. En cuanto la noté que iba con el mismo conjunto que llevaba puesto hace cinco años, le recalqué que debía comprarse algo nuevo: de Pimkie o Zara quizás, pero que disimulara su celulitis. Ah, y crema antiarrugas y maquillaje.
Me habría cortado allí la cabeza de no ser por el Rey, que dijo que no se debía cortar la cabeza a los amigos que no se veían desde hacía años.
Para arreglarlo, decidió que echáramos un partido de cróquet. Habituada como estaba a las trampas de “su majestad”, me dediqué a divertirme a mi manera: al igual que hacía con mi amigo Johny, me dediqué a darle golpes a mi erizo balón contra los objetos que estaban más cerca, hasta que éste se quedó completamente inmóvil.

La reina dictaminó, sin juicio previo, que era desterrada del País de las Maravillas... bajo pena de pérdida de cabeza.


Volví sobre mis pasos, recorriendo los consabidos paisajes por última vez. Si pasaba las páginas, era siempre lo mismo. No quería quedarme allí nunca más.
Hola otra vez, Conejo Blanco. ¿Dónde te habías metido?
Te noto depre, ¿tu coneja no tiene ganas de jugar? Se marchó dando brincos sin dirigirme la mirada. Pero qué borde, ¿no sabía encajar una coña?

¡Pues que os den por culo a todos! Es hora de que el sueño acabe, la voz de el País ya no me llama.
Tampoco quiero ensuciarme mis vaqueros nuevos, y además mañana tengo un examen que no pienso estudiar. Y las chuletas no se hacen solas.

Así que, adiós Alicia.


¿El libro de dibujos que me dio mamá?
Lo quemé anoche en el jardín de atrás.