8 de septiembre de 2010

Caminante, no hay camino...

- ¡Aaaaachíiiiiis!
Y esta vez iba jodidamente en serio.

En medio de la estación de tren, con una mochila consistente en la espalda, y un trolley con otros efectos personales; en medio de la estación de tren, tras haber venido desde la tierra de las lluvias y el frío; en medio de la estación de tren, dispuesta a pasar mis mejores navidades… había pillado el primer resfriado de toda mi vida.
Enrollé alrededor de mi cuello los cincuenta centímetros de bufanda que restaban, y me puse en marcha. Tras recibir unos cuantos empujones al incorporarme a la marea humana que salía del recinto, pude alcanzar la entrada principal para mirar el horario de autobuses y ver cuál era el que se dirigía hacia Aravaca.
Se me iba a hacer muy extraño meterme en la casa de Aga de buenas a primeras. Reformulo: se me iba a hacer muy extraño ver a Aga y al resto de la tropa. Seguramente casi tanto como me había resultado ver a Elle hacía dos años.
Sonreí para mí misma, expulsando una nubecilla de vaho. Era un buen recuerdo.


Al fin localicé el bus que me interesaba, solo para comprobar que el último de esa línea había pasado hacía cinco minutos. De puta madre. Y aún por encima, ya llegaba cinco minutos tarde. Y yo odiaba llegar tarde.
Con resignación, salí al exterior y me coloqué en el bordillo de la acera. Como había más gente esperando un medio de transporte, tuve que abrirme paso a codazos hasta encontrar el lugar óptimo. Me dispuse a esperar; sin embargo, en ese momento vi a mi presa y grité:
- ¡Taxi! -el vehículo frenó derrapando ligeramente sobre el frío asfalto. Antes de que me pudieran robar el conductor, me colé como las balas, lanzando el trolley y encestando de milagro. Imaginándome la cara de desconcierto que debía de llevar el taxista, aunque no me paré a mirarle siquiera, obvié los buenos modales para decirle- A Aravaca . Y rapidito, si quieres propina.
Y en ese momento, desconecté. Acababa de acordarme de lo poco que me gustaba Madrid.




Ahora sí que estaba de mal humor, y mi mente iba a mil por hora. Eso no era bueno, ni una cosa ni la otra. La combinación de elementos desagradables había formado un cóctel molotov peligroso en mi subconsciente. Y el taxista había sido el primero en cobrarse los efectos.
Para simplificar, usaríamos las matemáticas: frío + línea de autobuses OFF + luces navideñas + multitud alegre = malhumor de Uxía. Así de simple.

A pesar de no oír nada a través de los cristales del taxi, sí que podía ver. Y nada era capaz de escaparse de mi vista. La navidad de Madrid era sumamente apastelada para mí.
Obviando detalles obvios, valga la redundancia, como decoraciones navideñas estrafalarias, gente muerta de frío y olor a turrón en cada esquina, la escena contenía otros matices que podían pasar desapercibidos por el simple hecho de ser el pan nuestro de cada día en esas fechas. Niños corriendo por la acera y sujetando un juguete nuevo con gesto de felicidad. Los padres yendo detrás, angustiados por el miedo a que sus hijos se lastimaran, o bien felices por la felicidad que estos derrochaban. Pandillas de amigos que se reunían para tomar un chocolate caliente. Parejas de ancianitos que se sentaban en un banco disfrutando de las luces de Navidad. Paparruchas empalagosas. ¿Dónde está el fantasma de las Navidades pasadas cuando lo necesitas?
Porque todo tiene su porqué. Las Navidades solo habían sido épocas felices para mí en mis primeros años, cuando era fácil contentarme con un videojuego de Spyro o Crash Bandicoot. Solíamos pasar la Nochebuena en familia, cuando aún me reunía con mis tíos, abuelos y demás parientes. Recordaba el caldo caliente que la abuela me daba en Nochebuena, porque yo por aquellas no soportaba el marisco. Recordaba a mis primas intentando distraerme cuando me quedaba sin cosas que hacer; esta tarea era un suplicio, pues en ese estado lo que yo solía hacer era revolverlo todo, y ellas debían colocarlo de nuevo. Recordaba a mi padre tocando las conchas sólo como él sabía, para animar la fiesta después de medianoche. Y, cómo no, recordaba a mi abuelo. El que me cogía en el regazo para contarme historias sobre la Navidad que no salían en la tele. Fue él el que me contó por primera vez 'El cuento de Navidad' de Dickens.
Después de aquellos años todo había ido en declive; y ese declive empezó, más o menos, con la muerte de mi abuelo. Nada de cenas en familia, nada de ver a mis primos, nada de música con las conchas. Hasta desembocar en las 'maravillosas' navidades del último año.
Al volver a mirar por la ventanilla, la primera visión que me asaltó fue la de un padre alzando a una niña en brazos. Curiosamente, esta llevaba un dragón de peluche en brazos. Su madre observaba a una distancia prudencial, con una sonrisa en los labios.

"Vamos a darnos un tiempo... es lo mejor."

Una fina lágrima resbaló por mi mejilla. Solo entonces me di cuenta de que estaba sollozando. Después del subidón siempre había un bajón después.
- ¿Quieres un pañuelo?
Me sorprendí. Hasta ahora el conductor no había dicho nada. Aunque supongo que, por cortesía, se había dirigido a mí al verme en ese estado. Que yo no tuviera de eso no significaba que los demás tampoco.
Dirigí mi mirada hacia el interior del taxi: el conductor, sin levantar los ojos de la carretera, o, para observarme, del retrovisor, me había extendido un pañuelo de tela con la mano que tenía libre. Con desconfianza, lo cogí y me soné los mocos.
- Gracias. -musité, aunque sonó como un sollozo ahogado. El conductor me sonrió.
Y entonces me fijé en una cosa. La imagen que me devolvía el retrovisor, era la de mi abuelo. Las facciones del taxista eran iguales a las suyas.
Recordaba sus ojos siempre pacíficos, las mejillas hundidas, su cara redonda que le daba un aire apacible. Una sonrisa que me tranquilizaba, las mismas manos robustas que me cogían cuando me hacía daño... lo único que había cambiado era que, en vez de boina, llevaba la gorra de taxista. Había oído aquello de que teníamos dobles perdidos en alguna parte del mundo, pero aquello se llevaba la palma…
- ¿Qué ocurre, chica? Parece que hayas visto un fantasma.
No dije nada. Aún no podía.

Nos mantuvimos un rato más en silencio. Yo apretaba el pañuelo contra mis rodillas, y me sentía más incómoda que antes, si eso era posible. Tenía la vista fija en el espejo retrovisor, en la cara del taxista. A pesar de que había parado de sollozar, las lágrimas aún caían por mis mejillas, lenta pero incansablemente, y me empapaban la bufanda.
"Cierra el grifo, idiota. Recuerda que no te gusta que te vean llorar."
- ¿Cuáles son las razones que impulsan a llorar a una chica tan bonita? -dijo de repente aquella aparición. Me removí en el asiento. A pesar de mi desconfianza, solté lo primero que me dictó el corazón. Una frase muy profunda.
- ¿A tí qué te importa?
No pareció molestarse. Más bien al contrario: una sonrisa se había dibujado en sus labios. Eso me molestó: ¿encontraba diversión en mi desgracia? Si así fuera, prefería el frío invernal y lágrimas congeladas a seguir soportando aquella incertidumbre.
- Pareces muy madura para una chica de tu edad. ¿Cuántos años tienes?
- Dieciséis.
- ¿Tan joven? Estas en la edad de hacer locuras, no de lamentarte en un valle de lágrimas. -dijo él, echándome una mirada rápida y volviendo a atender a la carretera.
Suspiré, dirigiendo mi vista otra vez hacia la ventana. ¿Cómo hacerle callar? El llanto había cesado por el momento, aunque quizás, debido a mi masoquismo, volví a mirar las entrañables escenas sacadas de los anuncios de lotería o turrón que se regalaban ante mis ojos.
- Tengo perfectamente asumido que me he saltado una parte de mi vida para aterrizar sin paracaídas en la siguiente. -dije, acercándome al tono peligroso que antes había empleado.- Me es imposible ser feliz en mis circunstancias.
- ¿Tan grave es? -dijo de forma casual, como quien no quiere la cosa. Aquello me molestó en grado sumo.
- Usted juzgará si hallarse sola ante las dificultades, ser una cobarde, no creer en nada y ser una egoísta son buenos motivos. -luego moví ligeramente la cabeza, para librarme del embotamiento.- Pero qué sabrá usted... apenas si acaba de verme por primera vez.
Ni yo misma me creí esas palabras. No con mi abuelo mirándome desde el asiento de adelante. La sonrisa de él se hizo más ancha, y acabó desembocando en una carcajada. Se acabó.
- Pare aquí: me quiero bajar, dígame cuánto le debo. -dije con rabia contenida.
"Contrólate, idiota. Guarda la poca dignidad que te queda."
Para mi sorpresa, él accedió a mis deseos y paró en la acera más próxima. Reconocí el lugar: estábamos frente al parque del Retiro, en el centro de Madrid. Vacilé.
Ahora que él ya no tenía que atender a la carretera, se dió completamente la vuelta para mirarme con ojos amigables. Me estaba enfrentando a la viva imágen de mi difunto abuelo materno.
- Yo no creo que seas cobarde. Si así fuera, no me estarías mirando a los ojos ahora mismo. -dijo con lentitud; seguramente, para que asimilara las palabras.- Y si fueras egoísta, te irías sin pagar por el mal servicio recibido. Lo estipulan nuestras normas.
En cuanto oí esas palabras, desvié la vista. ¿Por qué me sentía así? ¿Por qué me turbaba tanto? Me desmoroné.
- Sí lo soy. Tengo miedo de todo: de mí, de usted, de todo y de nada. De la compañía y de la soledad. -volví a mirarle.- No sé qué es lo que quiero, ni quién soy. -tomé aliento.- He buscado la respuesta en mil sitios, pero solo ha servido para sentirme más confusa.
- Joven, eso es algo que tienes que descubrir por tí misma. No encontrarás el sentido de la vida en las páginas del libro de historia. -dijo él, esta vez seriamente.
- Pero es que nada se ajusta a mí. No hay ningún valor predefinido que se me pueda aplicar.
Sobrevino el silencio. La respuesta me desconcertó.
- Pero pequeña, no existe ningún camino. El camino se hace al caminar. Puedes seguir la senda que otros han andado, pues es la más visible. O eso, o trazas tu propio camino; pero eso es de valientes.
Una frase me vino a la memoria en ese momento.
- Los cuervos vuelan en bandadas...
- ...y las águilas en solitario. -terminó él.

Me sentí extraña: estaba teniendo una conversa existencial con un taxista, que era la viva imagen de mi familiar en medio de una ciudad hostil. ¿Me habría afectado el humo del porro del que iba detrás mía en el tren?
- Vete con tus amigos. Creo que llevas retraso. -dijo él.
Solo entonces miré la hora. Ostia... ¡joder! ¡Y tanto que llegaba tarde!
Como una bala, abrí la puerta del taxi y salí corriendo... solo para darme cuenta de que me había dejado la maleta y al taxista sin cobrar lo que le debía. Volví corriendo hacia atrás y cogí el trolley, sacándolo fuera del coche. Luego saqué atropelladamente la cartera y cogí el primer billete que vi, esperando que fuera suficiente.
- Quédese con el cambio.- Él tomó el dinero con suavidad, sin mucho interés.
- Que tengas buen viaje hasta tu destino. -me dijo, mientras yo sacaba lo que quedaba de mi cuerpo del taxi.
- Gracias. Que te sea ameno el trabajo. -dije, ya pensando en otra cosa. Quería irme de allí cuanto antes.
- Saludaré a la abuela de tu parte.


- Espera. ¿Qué?
En cuanto me di la vuelta, el taxi no estaba. Y no lo había oído arrancar.

En un principio no hice nada, no dije nada, no pensé nada. Al cabo de treinta segundos, me reí ligeramente. No sabía si era nerviosismo, sorpresa o alivio pero... aquello no había estado mal.
El fantasma de las Navidades pasadas había acudido a mi llamada.

Inspiré e hice una de las cosas que mejor sabía hacer: correr, a través del parque del retiro, levantando una nube de hojarasca a mi alrededor. Al llegar al medio del parque, me paré en una estatua que me era familiar. Siempre había tenido curiosidad por conocerla, y esta era la primera ocasión que se me presentaba: la estatua de Lucifer, la única que existía en el mundo.
Recordaba la primera vez que la había visto, colgada en la red como dato de interés. La estatua representaba la caída de Lucifer, cuando Dios le expulsó de su reino. A pesar de lo violento de su significado, era hermosa; Lucifer había sido un ángel, ¿verdad? Me resultaba extraño encontrarme con eso en medio de un parque alumbrado con lucecitas de colores que anunciaban la época del nacimiento del niño Jesús. Cambiachaquetas que es la raza humana.
En un principio me había dado miedo, ahora sentía algo distinto. Había cambiado mucho desde que supe por primera vez de aquella escultura. ¿Mucho? Quizás demasiado. No sin motivo, era en otra vida una súcubo malcriada que buscaba dominar toda la creación. Por un impulso insondable, levanté la mano y le dediqué un saludo sencillo a la estatua. Como diciendo "estoy aquí. Y pienso enfrentarme a mis demonios."

Dedicándole una última mirada, me di la vuelta y seguí corriendo a través del parque. Por si lo habíais olvidado, aún llegaba tarde.




"El número seis. Este es."
Y aquí estoy, sola ante lo desconocido. Aunque, en unos segundos, seguro que ya no. Me flanquearán cuatro buenos amigos.
Con decisión, pulso el timbre. Espero a que me abran la puerta, pasando el peso de una pierna a otra. Nervios, nervios, nervios… ¡abrid la puerta de una vez, joder! ¡Sé que estáis ahí!
Y justo cuando alguien asoma…
-A… a… ¡aaaaachíiiiiiiis!

Sí. Estornudo en toda la cara.

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