29 de enero de 2010

Adiós, Alicia.



Abrí el libro de dibujos que encontré en el desván, escondiéndome bajo las sábanas. Recordando viejos tiempos.
Papá y mamá no se enterarán, al igual que tampoco lo hicieron anoche cuando volví borracha de la fiesta de Adriana.

El sueño que soñaba en mis sueños, el País de las Maravillas.
Su voz me llama de nuevo, invitándome a vivir una aventura a medianoche. Escribiré una nueva historia antes de que amanezca.

Hola, Conejo Blanco. ¿Sigue funcionando bien tu reloj? Hacía mucho que no te veía, y este lugar se ha vuelto monótono.
Llévame a la siguiente página, a ver si encuentro algo que hacer. ¡Animemos el cotarro de este País!

En mi infancia nunca me había dado cuenta de lo aburridos que son por aquí.
Volví a ver mis amigos, el sombrerero y la liebre de marzo, que me invitaron a tomar el té. ¡Teníamos que celebrar los no-cumpleaños atrasados!
Cuando les dije que prefería un poco de vodka con lima, me miraron con una expresión que no comprendí, pero me dieron lo que pedía.
A la sexta copa, me dijeron que no me servirían más alcohol. Les dije que se enrrollaran un poco, que le vida eran dos días. Ellos me respondieron que no era cuestión de divertirse, sino de salud.
Al recordarme aquello a las charlas tan frecuentes que tenía con mis viejos, me cabreé y les dije que había crecido, y que prefería divertirme a que me dieran tazas de leche caliente por las noches, como cuando tenía cuatro años y no podía dormir.

Después de un tenso silencio, dijeron que no celebrarían mi no-cumpleaños nunca más. Pasé de rayarme la cabeza y me marché.

Vi a la oruga sabia, ya convertida en mariposa, haciendo letras de humo con su pipa de fumar.
Cuando le dije que si quería que liáramos unos porros, ahora que conocía el oficio, me miró como si estuviera bromeando. Al no notar un cambio en mi semblante, preguntó: ¿quién eres tú?.

Sin darme tiempo a responder, alzó el vuelo. En ese momento no supe que nunca más vería sus alas irisadas.

También la Reina de corazones tuvo su parte. En cuanto la noté que iba con el mismo conjunto que llevaba puesto hace cinco años, le recalqué que debía comprarse algo nuevo: de Pimkie o Zara quizás, pero que disimulara su celulitis. Ah, y crema antiarrugas y maquillaje.
Me habría cortado allí la cabeza de no ser por el Rey, que dijo que no se debía cortar la cabeza a los amigos que no se veían desde hacía años.
Para arreglarlo, decidió que echáramos un partido de cróquet. Habituada como estaba a las trampas de “su majestad”, me dediqué a divertirme a mi manera: al igual que hacía con mi amigo Johny, me dediqué a darle golpes a mi erizo balón contra los objetos que estaban más cerca, hasta que éste se quedó completamente inmóvil.

La reina dictaminó, sin juicio previo, que era desterrada del País de las Maravillas... bajo pena de pérdida de cabeza.


Volví sobre mis pasos, recorriendo los consabidos paisajes por última vez. Si pasaba las páginas, era siempre lo mismo. No quería quedarme allí nunca más.
Hola otra vez, Conejo Blanco. ¿Dónde te habías metido?
Te noto depre, ¿tu coneja no tiene ganas de jugar? Se marchó dando brincos sin dirigirme la mirada. Pero qué borde, ¿no sabía encajar una coña?

¡Pues que os den por culo a todos! Es hora de que el sueño acabe, la voz de el País ya no me llama.
Tampoco quiero ensuciarme mis vaqueros nuevos, y además mañana tengo un examen que no pienso estudiar. Y las chuletas no se hacen solas.

Así que, adiós Alicia.


¿El libro de dibujos que me dio mamá?
Lo quemé anoche en el jardín de atrás.