29 de julio de 2010

Vivir entre flashes



Foto hecha por ~wowglamursheena.

Mi abuela siempre decía que no todas las personas que dicen estar felices se sienten así. Decía que por muy contenta que una persona semejara estar, nunca podías saber como se sentía de verdad, en el fondo de su alma; que había cosas que nadie podía saber con certeza, secretos que solo esa persona sabía. Esas palabras nunca tuvieron un sentido estricto para mí hasta que la conocí a ella.


Entró en mi vida aquel verano como un tornado: revolvía la vida de los demás, y la suya propia, hasta hacerlas un caos. En aquel desorden generado era fácil convencerles de que deseaban lo mismo que ella. No era excesivamente alta, si bien solventaba ese fallo llevando algo de cuña en sus zapatos. Su pelo era largo, de color castaño oscuro, y sus ojos suspicaces eran grandes y de color miel. Sus facciones eran afiladas, hirientes, y si bien no tenía un cuerpo bien proporcionado, la delgadez de la que hacía gala y el maquillaje que la transformaba podían minimizar los pequeños defectos. Sabía de buena música y preparaba una mousse de limón exquisita.
Para lo demás, era una nulidad. Como persona, no tenía peso alguno.

A simple vista, no era una chica fuera de lo común. Le gustaba lo mismo que al resto: ropas, fiesta y tíos, aunque no necesariamente por ese orden. La cantidad de dinero que llevaba siempre en el bolsillo bastaba para poner verde de envidia a todos los de su círculo. Como propósito de enmienda, ella era quien decidía a qué tiendas ir y a cuáles no, para orientar a sus acólitas en el extraño mundo que es la moda. Gastaba su dinero en todo tipo de prendas, siempre que no fueran demasiado extravagantes. Siempre le quedaba dinero cuando a sus compañeras les habían cerrado el grifo, y cuando este se acababa y las demás pensaban que podían tomarse un respiro, ella solía decir que con su madre podría comprarse la tienda entera si lo deseaba. Indudablemente, volvía a marcarse otro tanto, muy a pesar de ellas.
A la hora de sacar fotos, ella se las arreglaba siempre para aparecer en primer plano. Sabía qué perfil era el bueno, qué posturas no debía adoptar bajo ningún concepto para no parecer grotesca y qué luz era la adecuada para sacar todo el partido a su semblante. Había practicado horas y horas frente al espejo para conseguir lo que ellas llamaban un don. En el fondo, ella pensaba que nadie era fotogénica de nacimiento, pero era algo que nunca confesaría: un mago nunca revela sus trucos al público, pues así desaparece la magia.
Secretamente, le gustaba cerrar los ojos en ese breve momento, tras haberse disparado el flash y antes de que la luz desapareciera del todo, pues tenía los microsegundos cronometrados de tal manera que en la foto saliera con los ojos entrecerrados, lo que le daba un aire ausente y misterioso que, al menos ella creía, despertaba el interés de los hombres. En ese breve breve intervalo, soñaba que esos flashes no pertenecían a muñequitas adolescentes, sino a verdaderos reporteros que la fotografiaban embutida en un precioso vestido de Channel. En ese instante casi podía sentir el suave terciopelo rojo bajo sus zapatos, que asemejaban ser tacones de Versace, y podía sentir el aullido de los fans que gritaban su nombre y rogaban un autógrafo, un gesto, una mirada... que solo les perteneciera a ellos. Sin embargo, ella sabía que quien la llamaba no era otra que aquella persona que había sacado la foto, y la obligaba a abandonar ese mundo ideal que ella misma se había creado. En ese momento, entreabría los ojos con deleite y soltaba la consabida frase: "lo siento, me he dejado llevar."

En lo que a fiesta se refería, nadie salía más noches que ella, y nadie hasta más tarde. El hecho de que sus padres nunca estuvieran en casa era un punto a su favor como no lo había sido en su infancia.
Sabía lo que tenía que hacer: bailar como una go-gó, beber hasta perder el sentido y agenciarse al más bueno que estuviera en el local. Componentes perfectos para que la envidia superara niveles extremos, al igual que el respeto. Ella adoraba sentirse admirada. Las correrías nocturnas eran lo que más se parecía a las elegantes fiestas y galas a las que acudía en sus sueños, en las cuáles se sumergía en flashes y brillos de joyas diversas.
Con los hombres, era un viuda negra: ella elegía, tomaba lo que deseaba y después cortaba. Después de eso, tenía otro nombre que añadir a la lista, que procuraba hacer más larga a cada fin de semana que pasaba. Más de una vez incluso llevó varias relaciones al mismo tiempo, pero fue cuidadosa de no dejar rastro de tales actividades. Si a alguna conocida le gustaba un chico en concreto, ella no perdía el tiempo en agenciárselo. Aunque estuviera repe. El caso era demostrar quién mandaba.

Así, poco a poco, se construyó el mundo que ella deseaba con lo que tenía a mano. Su filosofía era clara: solo siendo una sinverguenza se consigue audiencia. Y, desde luego, sus tácticas dieron resultado.




Como le ocurre a todas las divas adolescentes, su edad dorada transcurrió entre los catorce y los diecisiete años, aproximadamente. La edad perfecta para hacer locuras, pues tienes a tus viejos para pagar todos los gastos adicionales que eso conlleve. Girando en un torbellino de emociones, noviazgos breves y perrerías de todo tipo, podría haber dicho que su vida era perfecta. Pero el Carpe Diem no le salió tan bien como esperaba.
Una vez terminada su etapa escolar, que nunca fue completada del todo con éxito, aprendió lo que significaba ganarse el dinero con el sudor de su propia frente. Sus padres, hartos de sus caprichos, no quisieron darle un solo céntimo para seguir viviendo en la inopia como hasta el momento. La misma madre que le habría comprado la tienda entera de H&M en el pasado, le había 'recomendado' independizarse, para así subjetivamente irse a vivir con su nuevo novio. El padre que la había sobreprotegido de pequeña se marchó a vivir a otra ciudad con su secretaria, quien al parecer llevaba haciendo más que labores de papeleo para él desde hacía más de diez años.
Su vida se torció sin remedio. Sin embargo, ella no quiso renunciar a sus sueños de adolescente, y siguió acudiendo a las mismas fiestas y frecuentando la misma gente. Pero algo había cambiado: las mismas niñas de las que en el pasado se había reído, ahora estaban estudiando en la universidad, y hablaban de tales temas de los que ella culturalmente se quedaba corta. Los mismos chicos a los que en el pasado había conseguido tirarse buscaban ahora algo más que un pendón, y la gente que había visto su declive no hacía más que compadecerla o, en un grado más maligno, burlarse de ella. Y sólo entonces atisbó la verdad que se había ocultado tras sus años dorados: nunca la habían respetado... del mismo modo en que ella nunca había apreciado sinceramente a alguien.
Se convirtió en una adolescente frustrada que se negaba a crecer. Si hubiera existido un Peter Pan adolescente, ella sería una de los niños 'bala-perdida'. Pero ahora ni las esperanzas de futuro ni los cuentos de hadas podían sacarla de aquel abismo en el que ella misma se había hundido.


Pasaron los años, y su cuerpo se resintió de todo lo que había hecho en el pasado. Su cintura de avispa y su abdomen se metamorfosearon en realidades fofas que ella no pudo esconder por mucho que quiso. Internamente pensaba que esa pérdida de figura solo conllevaría no encontrar un marido al que pudiera servir, a cambio de que así ella no tuviera que trabajar. El hecho de tener hijos asimismo la horrorizaba, pues sabía que figura conservaban las mujeres tras un embarazo. La tristeza y la desesperación la invadió, y dejó de comer para solventar el problema. La falta de sueño y de fuerzas hicieron que rompiera objetos de los hogares o establecimientos en los que había encontrado un trabajo, y los despidos llegaron uno detrás de otro. El tiempo que solía durar en un trabajo tenía un promedio de una semana; más o menos, la media de tiempo que solía durar con sus amantes en la adolescencia. Pero ahora la que recibía calabazas era ella.
Su dañada salud la hizo internar varias veces en hospitales, en estado de desnutrición crítica. Tuvo varias experiencias entre la vida y la muerte, aunque el hecho de no ver ninguna luz al final de la oscuridad, tanto en la vida como en la muerte, no hizo sino frustrarla todavía más. En momentos como ese, llegaba a vislumbrar la verdad oculta tras el escenario: le habían vendido un estilo de vida y unas esperanzas que la habían demacrado, y la habían desviado de lo que de verdad importaba. Y ahora que ya era mayor y estaba cansada, no servía de nada arrepentirse. Su vida perdió todo sentido cuando el último fuego de la adolescencia se extinguió en ella.



Tras largos años, no volví a tener noticias de ella hasta que me enteré de su fallecimiento a los cuarenta y cinco años. La muerte natural quedaba obviamente descartada, y a pesar de que las autoridades echaron tierra al asunto, yo ya tenía un esquema mental formado sobre lo que debía haber acontecido.
Supuse que aquella chica, a la que finalmente se le habían roto las ilusiones, había sido lo bastante valiente, o lo bastante insensata, para haber puesto fin a su propia vida en aquel punto en el que no le quedaba nada más por lo que vivir. El medio por el que eso había sido llevado a cabo era irrelevante, aunque yo secretamente me la imaginaba sujetando un cutter de esos que le había prestado para hacer manualidades en secundaria. Su familia, no dispuesta a dar gala de un escándalo, se había encargado de encubrir una experiencia tan turbia, alegando que un ataque al corazón había sido el desencadenante. Imaginaba que habrían tenido bondad suficiente como para llorar todas las lágrimas nunca vertidas por ella en el entierro, pero era algo de la que nunca estaría del todo segura. Después del shock inicial, el mundo se había olvidado de ella tan rápidamente como en su momento había irrumpido en la vida de todos.



Y en medio de aquella tragicomedia, estaba yo. ¿Qué era lo que sentía? ¿Qué me inspiraba la historia de aquella chica que había pasado por mi vida tan rápido como uno de los flashes del mundo en que vivía? Debí de ser una de las pocas personas a las que esta historia les inspiró verdadera pena.

Pena, porque sabía que en el fondo ella nunca había sido feliz, sino que su mente se había autosugestionado a que así fuera. Porque sabía que ella, tras una infancia en la que sus padres la evocaban al materialismo para no tener que cuidar de ella, finalmente esa chica había volcado el mismo materialismo en las personas de su alrededor. Porque me preguntaba si ella, de haber vivido en otro lugar, crecido en una familia distinta, habría sido una persona vivaz, hasta cierto punto inteligente, o si habría conseguido algún mérito que la hubiera llevado a dejar una huella en este mundo sin necesidad de recurrir a la efímera fama.
Atormentada por estas divagaciones, sabía que sólo había una verdad: ella ya no existía, y el mundo no la recordaría.
Otra Mary Sue al hoyo. Otra Grace Kelly caída de su balcón.



Mi abuela siempre decía, que aunque vivas el presente, también debes asegurarte un futuro.
Oh, abuela, nunca habría imaginado que lo de hacer caso a tus mayores serviría para algo.