20 de abril de 2011

El Jardinero fiel

Hoy, mi mamá ha muerto. Mi padre la ha matado.


Me llamo Rosa, y tengo trece años. Mi maestra, desde el momento en que la conocí, me confió que mi nombre le gustaba. Me dijo que era el nombre de la flor más bonita que cabe imaginar: una flor versátil, camaleónica, capaz de adoptar todos los colores y ninguno. Una flor capaz de expresar numerosos mensajes, pero siempre llenos de afecto y bondad. Yo tomé el nombre de mi madre, que a su vez lo tomó de su madre. Lo que podría parecer una coincidencia fruto de la tradición familiar no era sino una forma de enmascarar el honor que le hacía mi madre a su nombre. Ella era todo lo que mi profesora había descrito. Una mujer capaz de adaptarse a las más complicadas situaciones con tal de sacar a su familiar adelante. Mi hermano y yo éramos a menudo fruto de sus excesivas atenciones, que lejos de parecernos opresivas, nos encantaban. Aún a día de hoy soy incapaz de comprender cómo mi madre sacaba tiempo de donde no lo había para ocuparse de nosotros y al mismo tiempo ocuparse de su trabajo. Al contrario que mi hermano, más pequeño, yo era consciente de los malabarismos que ella tenia que hacer para atender a todos sus asuntos. A menudo llegaba a recogernos al colegio, con el moño despeinado, la chaqueta de su traje con los botones mal abrochados y la falda torcida, debido a las prisas. Mi madre decía que no era fácil correr en tacones. Mi hermano se enfurruñaba, pues siempre pensaba que ese día, definitivamente, tendríamos que ir andando solos a casa. Sin embargo, mi madre nunca desatendía una cita: cuando al fin llegaba a la puerta del colegio, tras la desaparición del aluvión de coches que congestionaba la calle que había enfrente a la escuela, siempre traía una bolsa de chuches para darle a Javier y un beso en la frente seguido de un "lo siento" para mí. He de confesar que, en esos momentos sentía una envidia que me carcomía por dentro, al pensar que mi hermano recibía regalos todos los días, y yo sólo unas palabras de disculpa. Con el tiempo, crecí y aprendí a valorar más el afecto que las gominolas, pues ya no me sentía como un 'príncipe destronado', que es lo que suelen experimentar los niños con la llegada de un hermano.

Ahora ya os habéis dado cuenta que tanto mi hermano Javier como yo éramos unos verdaderos trastos. Pero, a pesar de todo, mi madre nunca pensó en faltar a su trabajo poniéndonos como excusa. Incluso me confesó que su jefe sólo consiguió convencerla para evadirlo debido a las bajas por maternidad, cuando necesitábamos más atención. Sólo de pensar en lo sumamente pesados que somos aún ahora, miedo me da imaginar el hecho de vernos convertidos en criaturitas pequeñas que sólo saben llorar, comer y dormir. Pero mi madre se negó a contratarnos una niñera; ella quería pasar tiempo con nosotros, y doy fe que lo consiguió.
Por si os cuestionáis sobre el trabajo de mi madre, os diré que ella era abogado. Mi hermano, a día de hoy, aún sigue sin entender bien en qué consiste ese empleo. La primera vez que en el colegio le preguntaron por el trabajo de sus padres, respondió que su madre trabajaba con 'ahogados'. Pobre, sólo tenía tres años.. Posteriormente, mi madre le explicó que se encargaba de defender a la gente buena de cosas que no habían hecho. Mi hermano le perdió entonces cierto respeto, pues antes imaginaba a mamá con un bañador y un salvavidas, ayudando a la gente que no sabía nadar en la playa. Pero yo tenía ya una edad en la que sabía que mi madre tenía que sacar a flote a otro tipo de personas. El trabajo del despacho a menudo podía ser agobiante, y no era infrecuente que mi madre se trajera parte de él a casa. Podía estar pensando en qué testigos solicitar mientras preparaba un pastel, o anotar las preguntas que lanzar al acusado mientras me ayudaba con el trabajo de historia. Con el tiempo aprendí que se abogado no es un trabajo tan bonito como lo pintan: me asusta pensar que mi madre alguna vez tuvo que defender a alguien culpable, sólo por adquirir el dinero que ganaría por librarle de ir a la cárcel. Todas estas cosas las pienso más a menudo ahora que ella ya no está.


Si le hubieran preguntado a mi madre cómo iba a terminar su historia, ella habría imaginado todos los finales posibles menos este. Mi padre dijo que ella era de su propiedad y que no tenía derecho a vivir su vida sin él. Mucho menos, vivir su vida feliz. Pues bien, señor Juez, espero que la defensa sea consciente de que está defendiendo una causa hueca. Ahora que conozco a mi padre, y le tengo delante de mí, no puedo quitarme de la cabeza todo lo que presencié. No fue agradable ver a mi madre, tendida en el suelo, con los ojos vacíos, mustios como los de una flor sin vida. Mi padre no es un buen jardinero. No tengo nada más que declarar.


Porque hoy mi madre ha muerto. Mi papá la ha matado.

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