18 de septiembre de 2011

Enroque.



Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada
reina, torre directa y peón ladino
sobre lo negro y blanco del camino
buscan y libran su batalla armada.

No saben que la mano señalada
del jugador gobierna su destino,
no saben que un rigor adamantino
sujeta su albedrío y su jornada.

También el jugador es prisionero
(la sentencia es de Omar) de otro tablero
de negras noches y blancos días.

Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.
¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza
de polvo y tiempo y sueño y agonías?


~Jorge Luis Borges




- Salir, beber... el rollo de siempre. Tomarme mil cañas y hablar con la gente.
Que esa fuera su única respuesta ante la pregunta “¿qué tal la otra noche?” no mejoró su estado de ánimo. En los últimos tiempos la única forma de dar un giro de ciento ochenta grados a su vida era absorverlos uno por uno del alcohol que cada noche deterioraba su hígado y su alma. Y ella no habría tenido reparo en reconocer que sí, que necesitaba beber para pasárselo bien. El único problema que ese método planteaba es que, como un resorte, a la mañana siguiente volvía a encontrarse en el punto de partida, y más hundida que nunca, física y moralmente hablando.

Atrás quedaban los tiempos en que todo parecía tan fácil como chasquear los dedos. Aquellas fabulosas noches sin más luz que la de los lásers y focos de la discoteca que resaltaban las curvas de los cuerpos femeninos al moverse con movimientos armónicos sumamente complejos. El hecho de creerse capaz de manejar a toda esa gente cuan piezas del tablero que delimitaba su imaginación le hacía imaginarse los bailes y miradas como caricias y gestos apacibles. No había enemigos. Sólo estaba el tablero, los jugadores y las piezas.
Y resultada tan fácil como un pestañeo delicado el hecho de conseguir que las piezas se moviesen por las casillas y luchasen entre sí. Ella, como buen jugador, observaba y tomaba partido raras veces, siempre buscando manipular los hechos desde la sombra. Sumamente divertido. El amor se tornaba en odio, y viceversa. La atracción física primaba, y era lo que daba sentido al juego en sí. El cómo dos personas podían unirse de forma tan íntima con un movimiento de melena o un roce sutil.
Y la madrugada se trataba de un juego en el que era imposible que nadie le hiciese daño. Desinhibirse venía de la mano de un ardor afrutado en la garganta, o en ocasiones de un sabor ácido que enmascaraba el fuego que contenía lo que ingería. Así el jugador pasaba a ser su propia pieza. Y pasaban las horas.

Y sólo cuando falló la torre se vino todo abajo. Su plan de juego perfectamente esquematizado y pulido con el paso del tiempo dejó paso a lo que reposaba bajo la superficie: falsas sonrisas y oportunismo.
Él, que había sido su amigo fiel desde la más tierna infancia, se cansó de los juegos. Se cansó de verla divertirse a costa del sufrimiento ajeno, de quererla muy a su pesar, de estar enamorado de algo tan nocivo. De ser el pilar en el cual se sustentaba para aumentar la apuesta cada día, la torre del tablero. Su método de defensa, su enroque y coraza. Se cansó de ser el último plato y decidió dejar aquello a un lado. Decidió buscarse a alguien que lo amase de igual forma y abandonar una batalla de la cual ya no recordaba el motivo.

Y para cuando ella volvió en sí las piezas habían descubierto la trama encubierta. Y lo que antes era un teatro bien representado ahora se mostraba como un vodevil insulso en el que nadie era lo que parecía. Y que no siempre las personas más atractivas eran aquellas en las que se podía confiar. Que uno siempre velaba por sus espaldas antes que por las de los demás. Y que los verdaderos amigos no se encontraban en tableros de esa índole.
Imposible ya de recuperar lo perdido, no le quedó más remedio que permanecer en el juego del cual no había podido despegarse. Y ella, que había dejado a un lado lo demás por su propio divertimento, comenzó a comprender que su vida no iba a ningún sitio. Que la defensa muchas veces es más necesaria que el ataque.
Y su orgullo le impidió solicitar ayuda y reconocer su error. A pesar de que deseaba ser amada, su prioridad era que se la respetase. Y nadie respetaba a alguien que se equivoca. Nadie olvida los fallos. Ella era el eje de acción, la pieza versátil.

Porque todos sabemos que las reinas jamás hacen tratos.




Notas finales respecto al texto: No ha salido del todo como lo planeé cuando me vino la idea a la mente, pero no me desagrada el resultado. La idea de que las relaciones sociales son una partida de ajedrez me obsesiona mucho más ahora que antes incluso.
Fruto de la inspiración del libro 'El ocho', del cual he sacado el poema y la frase final, y dos noches completamente opuestas entre sí. O no. Al fin y al cabo todo está ligado.

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