14 de febrero de 2011

Touche de Rouge.



Nos resulta muy fácil definir la palabra odio como toda aversión hacia algo o a alguien a quien deseamos mal. Sabemos reconocer el odio cuando lo sentimos, aunque a veces su procedencia es irracional, y desde luego sabemos cómo darle salida.
Entonces, ¿por qué un sentimiento que suele proceder de la misma fuente y es igual de intenso nos resulta tan desconcertante? Incluso a día de hoy nadie ha encontrado una auténtica definición que explique de qué trata el amor. El amor no entiende de sexos, edades o razas. El amor como sentimiento es universal e intransferible, incognoscible y altamente adictivo. El amor se puede dejar traslucir de muchas formas: un pequeño presente, una sonrisa, un sonrojo claramente evidente, o incluso con silencio.
No hace mucho me contaron una anécdota, en la cual un estudiante de universidad se encontraba haciendo un estudio sobre cuánto solían durar las parejas actuales. Una tarde de verano, entrevistando a un hombre anónimo de entre tantos individuos que pueblan las aceras, que solícitamente se prestó a ayudar, obtuvo la siguiente respuesta: "Me siento orgulloso de decir que llevo amando a la misma mujer durante cincuenta años." El joven, entusiasmado al haber encontrado una opinión que contrastaba con la de la mayoría, quiso ahondar en el asunto. Pero el hombre no había terminado todavía.
"Si tan sólo ella lo supiera", dijo.




Pensareis: "vaya por Dios, otra pobre desgraciada que se ha visto afectada por la fiebre 'sanvalentínica'". En tal caso, os diré simplemente que os estáis quedando en la anécdota del texto y no en el verdadero mensaje. No pretendo dar bola a un acontecimiento que tiene más de consumista que de humano, ni quiero dar imagen de un desaforado auge hormonal pre-primaveral. No me estoy refiriendo a un amor en concreto: ni entre amigos, ni entre hermanos, ni siquiera entre amantes (el cuál es para mí uno de los secundarios, por no decir terciarios).
Una persona puede amar innumerables cosas, y todas al mismo tiempo: un ser vivo, un trabajo, una forma de arte... incluso un ideal. Sin embargo, es ese mismo sentimiento de adoración y protección el que mantiene viva una chispa dentro de la persona. Me arriesgo a decir que ninguno de nosotros estaríamos aquí ahora si no tuvieramos algo que amaramos o a lo que aspiraramos, aunque fuera remotamente. Pedro Salinas expresaba en sus poemas esta misma sensación: sentir que lo amado es aquello que te da luz, aquello que te eleva a tu máxima potencia; aquello que te da vida. Qué alegría vivir, sintiéndose vivido.


Por eso digo que no debemos pensar en el amor cómo algo tan banal como un dibujo puramente conceptual de un corazón, una rosa roja, un beso o una noche de sexo. El amor es aquello que te impulsa a construír puentes en vez de muros, a sentir curiosidad por lo que te rodea, y a querer proteger aquello que adoras. Sea una hombre, una mujer (ambos, a veces) o una cosa inanimada.
Pero nunca olvides una cosa: el hecho de amar algo sucede independientemente de la respuesta obtenida. Nunca ceses de amar algo por no conseguirlo. Quizás entonces podamos entender los sentimientos que profesó aquel hombre en una entrevista de una tarde de verano.