10 de septiembre de 2011

Innocence.




Ahora dicen que hay muchos más universos infinitos como el nuestro. Dime si no es para volverse loco, ¿no te sientes más pequeño? Dos espejos frente a frente crearán cien mil caras que observar, puede que alguno de ellos sea el real, lo tendré que investigar.
Que empiece el viaje ya ...

Infinita ingenuidad, ilusión centesimal, me creía tan capaz con mi capsula de albal, mi torpeza fue total, de tan grande es demencial, no detecto una señal, nunca encontraré el lugar donde al fin me entienda.

Me perdí en mi universo, ¿y tú? No volveré a hacerlo más, no he encontrado respuestas. ¿Y si no regreso jamás y este ruido no cesa? Mundos que van a estallar si mi vida es la apuesta.

Y yo ya no puedo hacer más si este más siempre resta.

~Love of Lesbian - Universos infinitos


¿Cómo es posible que una canción despierte sentimientos tan tiernos y a la vez tan contradictorios? Saber que existe alguien en alguna parte que tampoco ha encontrado su sitio todavía, y que se siente solo a pesar de estar rodeado de un montón de gente. Que las afirmaciones que tenías como principales consignas han dejado de tener validez. Y te pierdes en la inocencia.
Ya tengo una nana que me arrulle por las noches. Espero que os guste tanto como a mí.

6 de septiembre de 2011

El arpa.



Del salón en el ángulo oscuro
de su dueña tal vez olvidada,
silenciosa y cubierta de polvo
veíase el arpa.

¡Cuanta nota dormía en sus cuerdas,
como el pájaro duerme en las ramas
esperando la mano de nieve
que sabe arrancarlas!

¡Ay! Pensé. Cuántas veces el genio
así duerme en el fondo del alma
y una voz, como Lázaro espera
que te diga: “¡Levántate y anda!”.


~Gustavo Adolfo Bécquer.


De sobra ella sabía que no iba a ir a ninguna parte. El polvo de tantos años acumulado en sus cuerdas vocales era una prueba más que suficiente de que ya no se esperaba nada de esa vieja gloria. Su poderoso cuerpo y caja de resonancia se iba deteriorando por la falta de uso y la falta de ánimo. Su otrora henchido pecho no era más que roncón desinflado, y la pulida madera que la recubría un pasto perfecto para la carcoma. El tedio de un día a día sin aspiraciones ya hacía mella en su ánimo de genio ofendido desde mucho tiempo atrás, cuando un buen día se decidió que no era necesaria. O que no estaba a la altura de lo que se esperaba de ella. Y ahora, en un rincón del abarrotado desván, el arpa yacía ciega, coja y casi sordomuda. E inevitablemente echaba atrás la mirada buscando encontrar qué la había llevado a esa situación.
Por fortuna o por desgracia, ya sabía la respuesta.




Su cuerpo y mecanismo no fue diseñado por un hombre cualquiera, sino por un auténtico genio del funcionamiento melódico. Directa o indirectamente, nadie sabía mejor qué factores físicos y químicos influían en el sonido de todo gran instrumento que se precie, y qué tratamiento dar a la materia prima para así lograr los acordes más sutiles y delicados. Cada instrumento de su invención era su vástago y a la vez su heredero, pues no deseaba él tener más aprendices que sus propias creaciones.
Para su honor o desgracia, fue la única arpa que el maestro dió a luz. Innumerables violes, contrabajos e incluso mandolinas, pero sólo una única arpa. Y a pesar de su discreto aspecto, todos sus grandes atributos estaban ocultos en el interior.
Fue su padre el primero en probar su voz, más como comprobación de su trabajo primerizo que con auténtica intención de interpretar una melodía. Pero el resultado no le disgustó en absoluto. Como él mismo le susurró, en confidente secreto, sus primeras notas eran sólo el preludio de las grandes obras que estaban por interpretar. Tan sólo se necesitaba al músico adecuado.


Su venta no fue cosa fácil, pues el maestro no entregaba su obra a cualquiera. Podía dolerle más la muerte en vida de su instrumento a manos de un botarate que el escaso dinero de una venta mal administrada. Al final, el trato fue cerrado con alguien de noble cuna, cómo era previsible. Sin embargo, no era él el que le daría uso, sino su hijo.
El primer contacto fue como una colisión. Un espectador en tercer plano habría dicho que el sentido común había errado al unir a dos objetos tan dispares. El muchacho, de apenas cinco años de edad, era sólo una tercera parte de la altura del arpa. A pesar de la rígida educación y férreros modales que se le habían inculcado, un mohín de disgusto residía en sus labios, como en la cara de un esnob permanentemente hastiado, o como el del hijo único que nunca había tenido que compartir sus cosas. El arpa, pesada y regia, no podía siquiera expresar su malestar. Tal era su desilusión, pues sin siquiera haberla tocado todavía el muchacho ya era capaz de preveer la diferencia de su tacto con el de su creador.
Sin embargo, el niño no era un cualquiera. Desde pequeño se le habían impartido clases de las más variadas artes, como era de esperar en alguien de su rango. Entre ellas estaba sin duda la música, asignatura en la cual sobresalía. Tenía un sentido del ritmo y la armonía, así como predisposición para el solfeo y presteza digital para los instrumentos. Fue recomendación de su profesor potenciar esa faceta del alumno, pues apuntaba maneras. Su padre, condescendiente con su hijo, al haber decidido por él qué arte desempeñaría en un futuro, decidió tener una última deferencia con él: dejarle escoger su primer instrumento. Le condujo a una tienda especializada, y rodeó su percepción de toda clase de objetos musicales a su alcance. Al joven se le nubló el juicio. Tantas cosas con que jugar y sólo podía llevarse una. Fue como si a un pequeño que llevaran a una chocolatería le dijeran que se podía llevar un único bombón: peligroso. Y el chico utilizó el mismo recurso que el niño de la chocolatería, lo que su ego le dictaba: ante la duda, el más grande.
El chico señaló aparentemente al azar, pero de forma secretamente premeditada, el arpa que descansaba en un rincón de la habitación. El padre no puso objeciones. Él se encargaría de proporcionarle una buena arpa.


Y así, el azar o quizás el destino dió con estos dos personajes destinados a cooperar. Fue necesario un taburete bastante alto para salvar la diferencia de alturas que dificultaba la tarea. Y aún así, los brazos del chico tenían serias dificultades para alcanzar las cuerdas del lado opuesto del arpa. Cosa que sin duda le incomodaba, pues repitiéndole su madre continuamente que llegaría a ser un gran genio algún día, sentirse tan pequeño no era plato de su gusto. Una vez hubo aprendido las notas y acordes, el funcionamiento intrínseco del arpa, se metió de lleno en el aprendizaje de las primeras canciones.
La primera semana fue ardua. Al ser un instrumento practicamente nuevo, la tensión de las cuerdas todavía sin ablandar las hacía muy duras de pulsar, sobre todo para unos dedos tan pequeños, lo cual ralentizaba la rapidez digital que había presentado en las clases y le hacía sentir torpe, cosa que odiaba. El hecho de tener que estirar los brazos por completo y mantenerlos erguidos le producía dolores a los que no estaba acostumbrado, llegando a acostarse en su lecho con unas agujetas tales como si se hubiera pasado el día levantando pesas de diez kilos. Además, en su fuero interno, no había tenido dudas de que al primer intento le habría salido algo decente, cuando no una canción bien medida, lo cual habría impresionado aún más a su profesor. Tal cosa no ocurrió, como era previsible, hecho que le hizo desesperarse aún más. El arpa, que percibía la crispación en los dedos del muchacho así como las llagas de sus yemas, no podía hacer otra cosa que conservar en su madera el calor que desprendía el pecho de él, buscando así transmitirle un sentimiento humano de calidez y comprensión, pues tal era la composición de que estaba hecha y cuyo efecto había buscado su fabricante.
No hubo grandes sorpresas de ahí en adelante. Las semanas pasaban con un progresivo desuso del instrumento. Lo que en un principio había comenzado con gran ilusión y horas libres dedicadas a ello, había sido relegado a su uso solamente durante las horas estipuladas de clase de música a la semana. Aquí quedó patente finalmente el principal defecto del muchacho, que podía y en efecto hacía eclipsar a los demás: la falta de paciencia. A pesar de ahogarle en cumplidos y grandes promesas, nadie le había explicado que el genio debe entrenarse para poder hacer gala de él; que nadie nace aprendido, y que la dedicación da sus frutos.
Cierto día, a meses ya de la incorporación del arpa a las clases, fue ya su profesor el que empezó a dar señales de malestar. No tanto por los continuos errores del alumno, sino por la falta de ganas y mala actitud que este presentaba. Le pidió que repitiera por enésima vez el esquema de notas básico del 'Himno a la alegría' de Beethoven. El niño había repetido tantas veces esa partitura que tenía las notas grabadas a fuego en la mente, y a la siguiente vuelta la tocó con un rencor de ámbito personal. En un descuido a causa de la exacerbación, aplicó mucha más presion de la que debía en una cuerda en concreto. Si bien el arpa tenía un cuerpo firme y sólido, sus cuerdas eran su parte más frágil. Y esta quebró con un sonoro 'tang', que se asemejó a un gemido de dolor que brotaba del instrumento en sí. La cuerda del 're' se impulsó con fuerza y golpeó en la cara al muchacho. Fue la gota que colmó el vaso. Tanto alumno y profesor se quedaron estáticos y, tras un segundo de cavilación, el primero se bajó del taburete y abandonó la sala sin terciar palabra.


El arreglo de la cuerda rota no fue muy costoso, teniendo en cuenta la capacidad financiera de la familia, pero sí requirió tiempo. No puso ser arreglada por su maestro, pues este ya había fallecido, así que se la llevó a un taller de cierto renombre de la ciudad. Fue imposible incorporarle una cuerda igual a las demás, aún siendo reparada por hábiles artesanos. El arpa echaba de menos que una mano amiga le insuflase pulso. Echaba de menos al muchacho. Porque pese a todo, sí que notaba las ganas de mejorar de él y, poco a su poco, sus respectivas formas habían ido amoldandose a las del contrario. Por eso no veía la hora de volver a casa.
Cuando por fin fue depositada en la habitación de su dueño, observó que todo seguía como lo había dejado. El niño, consciente de lo que le esperaba en la habitación, entró y se encontró de frente, en el ángulo de la esquina opuesta a su arpa. Sin embargo, no brotó ya sentimiento de sus ojos al observarla. Quedamente, recogió un libro que descansaba sobre su mesa de trabajo, y volvió a dejar la estancia. Poco después, el profesor intentó hacer entrar en razón al chico, que se negaba a volver a ponerse manos a la obra. Enseñándole lo que era capaz de hacer su instrumento, se sentó en la banqueta del chico, regulándola a su altura, e interpretó el 'Himno a la alegría' él mismo. El niño permaneció quedo, emitiendo sólo una leve mueca de disgusto cuando el profesor pulsó la cuerda que había sido reparada. Afirmó que ya no sonaba como antes. No hubo manera de lidiar con él.
Y el arpa permaneció muda.

Después fue sólo cuestión de tiempo su ascenso al desván, pues el niño se negó a tomar ninguna clase de música más. Esto ocasionó el enfado de su padre, el cual le recriminó la gran suma de dinero que su educación musical había supuesto. Y esta fue la semilla de su mala relación de ahí en adelante.
El hijo creció, y a la edad debida abandonó el hogar familiar, no sin cierto regocijo. Había encontrado una buena fuente de ingresos en el frío mundo de los negocios, lo suficiente como para mantenerse a sí mismo y a su futura familia si la formaba. Sin embargo, el arpa no advirtió la marcha de su dueño, relegada como estaba un limbo oscuro y lúgubre. A veces se preguntaba por qué no era revendida por el padre. Pensaba para sí misma que, pese al desprecio que le mostraba a su hijo, secretamente echaba de menos los tiempos pasados, y se negaba a deshacerse de ella por los recuerdos que le inspiraba. Lo mismo daba. Un instrumento sin dueño es como un cuerpo sin alma. Y los años pasaron.




Sólo cuando falleció su padre se dignó el hijo a volver a casa. Menudo hijo pródigo. Con la muerte de su madre hacía tantos años, y el aislamiento entre padre e hijo que eso supuso fue toda una sorpresa que la herencia hubiera recaído en sus manos a pesar de todo.
Hundido como había estado en sus asuntos, el hijo no había llegado a formar una familia como él pensó. Sus años de juventud habían transcurrido con ciertas aventurillas, como era de esperar, pero con el tiempo descubrió que disfrutaba más de la soledad y la abstracción. Su trabajo le proporcionaba sustento y caprichos, y su tiempo libre era ocupado con vanalidades. Su nombre había llegado a ser más famoso que el de su padre, tanto por su fortuna como por su excentricidad. Esa alma de genio acomplejado de la que no se había logrado deshacer. Por eso cuando volvió a pisar su casa no pudo sino dejar que sus recuerdos le invadieran.
Según fue haciendo inventario de los bienes y el uso que iba a darles a ellos y a la antigua casa, su deambular le llevó, como es previsible en esta historia, al desván. Tanteando en la oscuridad, encontró las persianas de las ventanas tanto ha ya cerradas, y las levantó con esfuerzo debido a la suciedad que habían acumulado. Una vez todo estuvo visible, se dió la vuelta y apreció la estancia. Y allí, en el ángulo más oscuro, silenciosa y cubierta de polvo, yacía su arpa.
Pese a todo, se sorprendió. No ya por lor vagos recuerdos traumáticos que le transmitía el objeto, sino por el hecho de que siguiera en su casa. Su padre podría haber hecho un buen precio por ella, pero no la había vendido. Y no aparecía mencionada en el testamento. Se preguntó si sería porque su progenitor ya la consideraba una posesión suya, y solo esperaba que viniese a recogerla.
Impulsado más por la curiosidad que por el amor propio se acercó y tocó su madera. La verdad es que estaba hecha unos zorros. Nadie se había preocupado de cuidar de ella, cosa que le molestaba. A mano derecha, encontró también el taburete que había usado para tocarla. Reguló la altura a su nueva proporción y se acomodó. Descubrió no sin regocijo que sus brazos ya le permitían tocar de una forma cómoda, que era tan grande como ella, y que sus cuerdas se habían ablandado con el paso de los años. Con deseo de tocarla, y a falta de partitura, echó mano de la única canción que se sabía de memoria.
“Fa~, sol, la, la, sol, fa, mi, re, re, mi, fa, fa, mi~... el canto alegre del que espera un nuevo día.”
Y por fin no hubo trabas a la hora de ejecutar la canción. La falta de práctica después de tantos años no podía compararse con la igualdad de proporciones. Quedamente, una lágrima se deslizó por su mejilla.
- Te echaba de menos, Elisa.
Y con un suspiro, la cuerda de la nota 're' se rompió de nuevo con un 'tang'. El paso de los años no dejaba a nadie indiferente.





Notas finales respecto al texto: Un poco más largo que los habituales. Es lo que pasa cuando se trata de la personalización de lo inanimado: me dejo llevar al escribir.
Reflexiones de un objeto que nunca llegó a ser tocado, aderezado con uno de los poemas que más me gustan como introducción. Este texto es una reflexión sobre cómo los grandes genios y aptitudes mueren a la chita callando, sin ser practicados por alguien que desconoce que posee ese don en concreto. También es una afirmación de que no vale tanto la calidad del instrumento como la pericia de quien lo usa, y que todo gran artista tuvo una práctica previa que le hace ser quien es. Por último, he de decir que el texto concuerda con el hecho de que el maestro Antonio Stradivari sólo fabricó un arpa en toda su vida, hecho en el cual me he inspirado, pero al cual no aludo directamente en el texto por darle un carácter genérico y por no poder ajustar los hechos a la época. Y a pesar de todo, el tema me parece demasiado manido.
El arpa siempre ha sido mi instrumento favorito, tanto por su sonido como por su estética. El único problema en torno a ello fue lo tarde que lo descubrí. Quizás si hubiera escogido este instrumento antes que el piano la obsesión de mis padres por enviarme a clases de música habría dado sus frutos.
Con este pequeño texto también inauguro el nuevo icono del blog, que es (sí señor) el arpa céltica cuyo icono representa la famosa cerveza Guinness, eso sí, con los colores invertidos para concordar con la estética del blog.