12 de abril de 2012

Kashmir.



Nuestra historia me hacía pensar en el Oriente Medio. El camino interminable de las dunas, que no dejaba de llevar a ninguna parte. El calor que envolvía los cuerpos en sudor. Mil y una noches interminables por delante, mientras por el día nos escondíamos para descansar nuestros hastiados cuerpos. Y la embriaguez estaba a la orden del día; nuestro propio oasis particular ajeno a las preocupaciones y a los peligros. La única forma de afrontar con valor lo que teníamos por delante.
La sed sólo se podía aplacar con bocas ajenas. Aquí no se podía sobrevivir de no ser por el instinto animal y la ley del más fuerte. Besar y respirar, o morder y jadear. Dos formas distintas de aplicar el mismo juego. Los hombres siempre fueron lobos para los hombres, pero la cosa iba de extremos. Comías o eras comido, en más de un sentido.
Pero, insignificancias aparte, nuestro juego era distinto. El tuyo y el mío. Tu piel era cachemira, y la mía la lija que desgastaba tan preciada tela. Casi podía sentir tus jirones cayendo a mis pies. Ninguna sustancia que alterara el estado de mi mente podía competir con eso.
Y así perdí mi rumbo, y acabé deshechando la brújula.



No se puede decir que esta vida nos gustase o nos dejase de gustar; quizás simplemente no teníamos a donde ir, o no sabíamos cómo llegar. Porque de todos los laberintos que existen, el desierto es el más implacable: uno no sabe por donde escapar, y es consciente de que poco a poco se desintegrará hasta fallecer. La cuestión es el tiempo que le llevará, y en qué lo empleará. Esta fue nuestra decisión. Vivir deprisa y morir jóvenes.
Pero a eso se reducía nuestra vida. Una vasta extensión yerma; para el cuerpo y para el alma.


Notas finales respecto al texto: La intención principal de esto ha sido reflejar como el bucle de cosas de una vida normal puede llevar a un callejón sin salida. Se necesita algo más que el andar constante para salir del 'desierto' que es la rutina; se necesita una intención, un por qué.
La idea del desierto como sublimación del laberinto la saqué de un cuento de 'El Aleph', de Jorge Luís Borges. Llevaba ya un buen tiempo queriendo incluirla en un texto. Y como siempre, fue cuestión de encontrar la canción adecuada: en este caso, Kashmir de Led Zeppelin.

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